30/7/11

¿Y qué te trae por Romencia?





Capítulo dos







Dicen que cuando esperamos un momento con cada parte de nuestro ser, cuando este ocurre, lo hace a cámara lenta, para dejarte disfrutar despacio y saboreando bien cada movimiento que se desarrolla. Pero claro, él solo había visto eso en las películas y como no corriera, ella iba a escapársele –de nuevo. Bien pensado (o más bien solo pensado) era una locura. Era completamente imposible que ella estuviera en Romencia, en la misma ciudad, al mismo tiempo, en el mismo rosal. Era completamente imposible. Digo, completamente imposible. Pero esta historia es de ellos y si ella y él son los protagonistas, todo puede pasar. El cabello de ella flotó en una esquina, dándole a entender que se le estaba escapando demasiado deprisa. Aceleró el paso para alcanzarla (y para dejar atrás todas las dudas y racionalidad que intentaban atraparlo). Cuando vislumbró la figura completa, se dio cuenta de que no se había equivocado. Era ella. Ese cuerpo bailando entre el aire era imposible de olvidar. ¿Qué le diría cuando la alcanzara del todo? ¿Hola, qué tal, cuánto tiempo? ¿Qué casualidad? ¿Te gustaron las rosas? Intentó calmar tal comportamiento adolescente pero era imposible. Así que solo atinó a agarrarle la muñeca y detenerla. Ella pegó un respingo (normal, ¿quién no lo haría? Pero era él, siempre tan él) y, asustada, se dio la vuelta con un grito colgando en el borde de los labios, listo para salir disparado. Diría que sus pupilas se dilataron por la sorpresa, pero en ella era difícil distinguirlo. El miedo desapareció de su rostro y dejó paso a una sorpresa e incredibilidad que se palpaban en el ambiente. Sus ojos eran un interrogante al que él tampoco podía responder. Ella susurró su nombre, más temiendo que él se disolviera como el humo que a otra cosa. Él sonrió como si fuera la primera sonrisa que ella le sacaba: sincera, tímida, enorme. Antes de que el chico pudiera articular palabra, la pequeña figura de ella se quedó colgando de su cuello en un abrazo como hacía años que no se lo daban. Su aroma invadió sus sentidos. Aspiró como si fuera la última vez que pudiera hacerlo. Le seguía resultando extraño cómo un olor podía volverlo tan loco.
-¿Por qué te fuiste de la isla? Le preguntó él separándose –desganado- poco a poco.


De todas las preguntas que podía haber hecho. ¿Por qué hizo esa? Se preguntaba una y otra vez el chico arrepintiéndose de lo que momentos atrás había salido de sus labios. En realidad, no tenía ningún derecho a pedirle explicaciones. Había sido por su culpa por lo que se había perdido el contacto. Se había quedado inmerso en un proyecto y no tenía tiempo para ella, para preguntarle cómo se encontraba. De ahí, se habían alejado hasta volverse extraños y supongo que después de todo lo que había pasado entre ellos, era difícil hacer como si nada. Ambos tenían la culpa y lo sabían (¡vaya que si lo sabían!) pero aprendieron que lo que importa era el presente y que lo que hubiera pasado anteriormente era mejor que se quedara dormido en la memoria (a no ser que fueran algunos besos para recordar).


Ella agachó la mirada.


-No tengo excusas. Necesitaba distanciarme un poco. Necesitaba un cambio –respondió encogiendo los hombros- ¿Tú sigues viviendo allí? Le preguntó.


-Sí pero ahora me dedico a viajar por el mundo –contestó él recordando una Viena por
la mañana, París a media tarde, Nueva York de madrugada.


-Ya veo –le dijo ella sonriendo- entonces cumpliste eso que me decías siempre de descubrir otros países, de dedicarte a ser amante de calles, monumentos e idiomas extranjeros.


Él asintió.



- ¿Sabes? Es increíble que realmente te tenga aquí delante –dijo abrasándola con la mirada.



-Yo tampoco me lo creo. Parece sacado de una historia.



Ambos sonrieron (¿cómo no hacerlo?). Como guiados por un camino invisible, comenzaron a pasear uno al lado del otro, con los pies acariciando el suelo y de una forma muy lenta, no fuera a ser que alguno se escapara y esta vez sí se perdiera para siempre.



-¿Y qué te trae por Romencia?



pensó él. Nosotros.



-El arte, necesitaba empaparme de un poco de Miguel Ángel.



Ella se rió, de una forma sutil, sonora que resonó en la desierta calle como un beso.



-¿Tú qué haces en esta ciudad?



-A mi marido lo trasladaron aquí por trabajo y no me quedó más remedio que mudarme. Pero es un lugar precioso. Te encantará –le prometió.



¿Marido? ¡Mierda! Jamás contempló la posibilidad de que ella hubiera rehecho su vida de tal manera, con boda, anillo, y un marido que no era él. Se sintió idiota pensando que ella alguna vez se hubiera acordado de él. ¿Cómo iba a hacerlo si compartía sus noches y su vida con otro? Resopló. Definitivamente era idiota.



-¿Cuándo hace que te casaste? No tenía ni idea.



El ambiente se había vuelto demasiado incómodo. Después de tanto tiempo era normal.



-Tengo que irme, mis hijos me esperan para acostarlos.



¿Hijos? Mierda, mierda, mierda.



-Me gustaría volver a verte –le dijo cogiéndole con suavidad una mano.



Ella se puso de puntillas y posó un beso en su mejilla.



-Claro. Mañana a la misma hora en el mismo sitio.



-Hecho –prometió.



Ella se alejó poco a poco. Cuando había recorrido un par de metros, se dio la vuelta.



-Me ha encantado verte en otro sitio aparte de mis sueños. Buenas noches –sonrió.



Yla sonrisa de él estalló en el aire y llegó al cielo.



2 comentarios:

Nelly dijo...

Bonito reencuentro...
Desando saber qué pasará
Un Beso :)

BettyMeybol dijo...

Muy buena la historia, bastante real y al mismo tiempo mucho romanticismo y fantasía ... estoy ansiosa por los siguientes capítulos, ya no alargues la espera.

Felicitaciones!